Hay frases que quedan resonando.
“Estoy agotada”, “Me cuelgo con todo”, “No sé qué me pasa”… son comunes entre las mujeres que acompaño. Pero hay una en particular que aparece cada vez con más frecuencia, y cuando la escucho, sé que detrás hay algo más profundo, más invisible y muchas veces incomprendido. Esa frase es: “No me da la cabeza”.
Así empezó la historia de Ana. Y quizás, sin darte cuenta, también puede estar empezando la tuya.
Si preferís podes ver mi video en Youtube sobre este tema:
Esa sensación de estar a mil… pero no llegar a nada
¿Te pasó de sentarte frente a la computadora con la intención de avanzar, y terminar salteando entre pestañas, mensajes y correos sin concretar nada? ¿De olvidar por qué abriste una app o de quedarte en blanco justo antes de hablar? No son simples distracciones ni síntomas del “estrés de todos los días”. Es algo que muchas mujeres sentimos en determinado momento, y que nos cuesta reconocer como lo que realmente es: un cambio interno que no empieza en la agenda, sino en las hormonas.
Eso le pasó a Ana, una mujer de 46 años, brillante, inquieta, con una carrera construida a base de esfuerzo, inteligencia y energía. Durante años fue de esas que resolvían veinte cosas a la vez, que no se olvidaban de un detalle, que lideraban equipos sin perder el ritmo. Hasta que un día, sin motivo aparente, empezó a sentirse perdida dentro de su propia cabeza.

Cuando el cansancio no es físico, sino mental
Lo primero que me dijo fue: “No me da la cabeza”.
Y detrás de esa frase había mucho más que agotamiento. Había frustración, miedo, tristeza, confusión. Porque cuando tu mente deja de funcionar como siempre, cuando no podes confiar en tu memoria o tu lucidez como antes, empezas a sentir que estás perdiendo algo muy valioso: tu identidad.
Ana no entendía qué le pasaba. Olvidaba citas importantes, se sentía desorganizada, emocionalmente más sensible. Actividades que antes resolvía con agilidad se le hacían cuesta arriba. Le costaba presentar en público, algo que antes le salía casi sin esfuerzo. Y en medio de todo eso, también notaba cambios en su cuerpo, en su alimentación, en su estado de ánimo.
Pero lo que más le dolía, más que cualquier otro síntoma, era la sensación de no reconocerse.
Lo que nadie te cuenta sobre la perimenopausia
La mayoría de las mujeres relacionamos la menopausia con la desaparición del ciclo menstrual, los sofocones, los cambios de humor. Pero casi nunca hablamos de la etapa que la precede: la perimenopausia, esa transición silenciosa que puede comenzar incluso diez años antes del cese definitivo del período.
En esa etapa, el nivel de estrógenos empieza a oscilar, y esa oscilación puede afectar mucho más que la ovulación. Puede tocar la concentración, la memoria, el estado de ánimo, el sueño, la forma en que metabolizamos los alimentos e incluso la manera en que sentimos que pensamos.
Y lo peor es que, como no sabemos que puede estar pasando, muchas veces lo atribuimos al estrés, al exceso de tareas, al desgaste… o directamente, a un “se me están quemando los papeles”.
La caída de estrógenos no solo afecta al cuerpo: también impacta en tu cerebro
Lo que le pasaba a Ana tiene un nombre muy claro en el lenguaje clínico: neblina mental.

Y aunque suene sutil, puede ser profundamente incapacitante. Es una mezcla de lentitud, olvido, falta de foco y confusión que te invade incluso en las tareas más cotidianas. No es un problema de actitud. Es un síntoma real, con causas reales y con abordajes posibles.
Los estrógenos cumplen un rol fundamental en muchas funciones cerebrales. Son claves para la sinapsis, la agilidad mental, la memoria verbal, la regulación emocional. Cuando empiezan a faltar o a fluctuar drásticamente, el cerebro lo siente. Pero como nadie nos habló de esto, muchas veces lo último que imaginamos es que tenga que ver con nuestras hormonas.
Cuando las hormonas empiezan a cambiar, una de las primeras en sentirse es la cabeza:
- Falta de concentración
- Olvidos frecuentes
- Dificultad para enfocarte
- Sensación de estar haciendo mucho, pero sin avanzar
El cuerpo habla, pero la cabeza grita
Ana vino pensando que necesitaba ayuda con su peso. Que su cuerpo había cambiado y no lograba “ponerse en orden”. Pero cuando empezamos a conversar en serio, lo que de verdad la estaba afectando no era su silueta, sino la desconexión con su mente.
Entonces reordenamos las prioridades. Porque cuando no podes pensar con claridad, no podes tomar decisiones conscientes, ni sostener hábitos, ni mucho menos sentirte bien en tu cuerpo.
Lo primero fue devolverle lucidez, energía, presencia.
Y recién después empezamos a mirar la alimentación y la composición corporal.
¿Qué hicimos para ayudarla?
1. Ordenamos la alimentación
- Más proteína de calidad en cada comida
- Menos saltos y ayunos prolongados
- Nutrientes para alimentar el cerebro
La exigencia intelectual necesita combustible real. El cerebro consume nutrientes, especialmente en esta etapa.

2. Sumamos movimiento con sentido
- Actividad física que combine fuerza y gestión emocional
- No más entrenamientos que te dejan muerta
- Algo que mueva el cuerpo y calme la mente
3. Trabajamos con una ginecóloga especializada
- Evaluamos sus niveles hormonales
- Vimos si era candidata a modulación hormonal
- Reordenamos sus síntomas por prioridad
Porque sí: esto se puede modular, acompañar y mejorar. Pero nadie lo va a hacer por vos si no lo pedís.
4. Tecnología al servicio del descanso
Sumamos recursos simples pero efectivos:
- Alarmas, recordatorios, apps para descargar la mente
- Rutinas para frenar, descansar y recuperar foco

A veces, la solución no está en hacer más, sino en hacer espacio para pensar. Cuando tu cabeza no para, tu sistema colapsa. Pero cuando podes estructurar tu día, darle descanso y ordenar tus ideas, todo empieza a fluir.
Lo que Ana recuperó (y vos también podes)
Después de unos meses, Ana volvió a sentirse ella. No exactamente igual que antes (porque ninguna de nosotras es la misma siempre), pero más lúcida, más firme, más conectada consigo misma. Y recién ahí, cuando la cabeza volvió a estar clara, empezamos a trabajar su cuerpo.
Si a vos también te pasa…
Si te sentís confundida, dispersa, cansada, y no entendes por qué…
Si pensas “será el estrés”, pero ya no te cierra esa explicación…
Si sentís que no sos vos, o que tu cabeza no te responde igual…
Pará. Escuchate. Y pedí ayuda.
Si lo que le pasó a Ana también te está pasando a vos, escribime. No estás sola, y te prometo que hay otra manera de atravesar esto.

