Si preferis, podes ver mi video en Youtube sobre este tema:
Cuando sentís que estás perdiendo la cabeza, pero en realidad es tu cuerpo pidiendo ayuda
“Lloro por todo. Me enojo por todo. Así.”
Así empezó Mariana. Una mujer brillante, sensible, trabajadora, presente para todo el mundo… menos para ella. Y no, no es un caso aislado. Capaz que sos vos. O capaz que es tu hermana, tu amiga, tu compañera de laburo. Capaz que hace rato sentís que ya no te reconocés, pero te bancás igual, como podés.

Te juro que escucho esas frases todo el tiempo. Mujeres que se sienten ridículas por estar más sensibles, más irritables, más cansadas, más… todo. Que piensan que se están volviendo locas. Que se dicen cosas como “no puedo estar así”, “me siento una tarada”, “esto no es normal”. Spoiler: sí es normal. Pero eso no quiere decir que tengas que resignarte a vivir así.

La revolución hormonal silenciosa (que no te avisa pero te pasa por encima)
Lo que estás sintiendo —ese combo explosivo de llanto fácil, enojo irracional, sensibilidad extrema, ansiedad inesperada o una tristeza que no sabés de dónde salió— puede tener nombre y apellido: transición hormonal.
Sí, esa etapa que arranca mucho antes de lo que imaginás (entre los 35 y los 40) y que puede extenderse hasta los 60 o más, dependiendo de tu biología, tu genética y tu estilo de vida. Nadie te avisa. Nadie te prepara. Pero mientras vos tratás de mantener todo en orden afuera, tu mundo interno se empieza a desordenar.
Y no, no es solo emocional. El descenso de estrógeno, progesterona y testosterona tiene efectos directos sobre tu cerebro. Literalmente. Afecta tu estado de ánimo, tu energía, tu tolerancia al estrés, tu paciencia, tus ganas de hacer cosas. A veces te enojás por nada. A veces llorás por un comercial de shampoo. Y a veces te da miedo hasta hablarlo en voz alta, porque pensás que estás exagerando.
No estás exagerando. Estás sintiendo. Y lo que sentís importa.
“Estás hipersensible”: la frase más inútil del diccionario
No sé a vos, pero a mí esa frase me dan ganas de tirar algo por la ventana. “Estás hipersensible”. Como si fuera un defecto. Como si no tuviera causa. Como si una pudiera elegir cuándo llorar y cuándo no. Te lo digo clarito: la sensibilidad no es debilidad. Es una respuesta biológica y emocional a un cuerpo que está en plena transición.
Y sí, muchas veces lo que más molesta no es lo que pasa, sino lo que te decís a vos misma mientras pasa. Esa vocecita que te reta, que te compara con la versión de antes, que te exige seguir igual. Pero… ¿quién dijo que tenés que seguir igual?
El camino que no sirve: pelear sola, negar lo que te pasa, pensar que ya va a pasar
Lo que no funciona, y te lo digo con el corazón en la mano, es:
- Fingir que no te pasa nada.
- Pensar que con “pensamiento positivo” alcanza.
- Creer que esto es solo “cuestión de actitud”.
- Negar que tu cuerpo cambió y que no es un enemigo, sino un mensajero.
- Jugar a la heroína y bancarte todo sin pedir ayuda.
¿Y sabés qué es lo más loco? Que muchas veces llegamos a esta etapa con mochilas previas: estrés crónico, intestinos desordenados, autoexigencia al palo, años de priorizar a todo el mundo menos a nosotras. Y encima, cuando el cuerpo grita, nos enojamos con él. Como si fuera culpa nuestra.
No estás sola. Y no sos “una exagerada”. Hay caminos posibles
Por suerte, hay formas de transitar esta etapa sin perderte a vos misma. Caminos reales. Terapias con evidencia científica. Cambios concretos que pueden ayudarte a recuperar claridad, energía, conexión con vos. Pero no te los voy a tirar así nomás en un post. Porque no se trata de una fórmula mágica ni de una listita de supermercado. Esto requiere profundidad, guía y acompañamiento.
Y si llegaste hasta acá leyendo, seguro ya sabés que sola no es la manera.
No sos vos. Son tus hormonas (pero también sos vos, tratando de reencontrarte)
La Mariana de esta historia —que también podría ser yo, o vos, o cualquiera— salió del pozo, pero no porque mágicamente todo se acomodó. Salió porque pudo decir basta, pedir ayuda y mirar de frente lo que le pasaba. Aceptar sin resignar. Abrazar el cambio sin rendirse. Dar el paso.
Entonces, si te estás sintiendo así… si todo te desborda, si llorás sin razón, si gritás por pavadas, si no te reconocés: no estás sola, y no estás rota. Estás en transición.
Y eso, aunque duela, también puede ser una puerta.
¿Sentís que esto te está pasando a vos (o a alguien que querés)?
Dejame tu comentario, contame tu historia o compartile este texto a otra mujer que lo necesite. Porque cuando una se anima a hablar, muchas más se animan a entenderse.
Y si querés que sigamos conversando sobre todo lo que no te contaron de esta etapa, ya sabés dónde encontrarme.
Nos necesitamos cerca. Más que nunca.

